Cuentos de Javier Nodras
sábado, agosto 30, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (11) Cada vez cada más tiempo, pero todavía hay mañanas que amanecen como cuando todos vivíamos, y hoy ha sido una de ellas. Lo sé porque la he escuchado levantarse, ir al servicio, tararear algo e incluso asomarse a mi dormitorio, despacio, para quedarse mirándome. Llevo mucho esperando una mañana como ésta, y las preguntas sin respuesta las tengo hace mucho pensadas: ¿quién tuvo la culpa?, ¿ tú, o fue tu marido, el que se supone mi padre?, ¿o quién? Y sobre todo, ¿por qué?, ¿cuál es el motivo?, ¿estoy soñando una pesadilla, o es una maldición que lleva aplastando a generaciones que morirán con nosotros, que no hemos querido, o que no podemos, dar una descendencia normal, eh, mamá?
Al entrar, aparentemente recuperada, sana, ha sido ella la primera en preguntar:
-¿Cómo has dormido, Pablo?
- Muy bien, mamá –le dejo la bandeja con el barco que naufraga sobre sus rodillas.
- Humm, qué rico desayuno con pastillas –se sonríe -. Hay quien desayuna con diamantes; yo, con pastillas verdes y con pastillas azules. Creo que volveré a pintar hoy. Tráeme los pinceles, o no, mejor iré a la salita...
- El médico dice que es mejor que no te levantes.
- Ah, bueno, pues nada, nada, lo que diga el señor médico va a misa. Tráeme los pinceles, que voy a pintar un bodegón de pastillas –dice mordiendo la tostada que nunca come- las pintaré gigantes, del tamaño de tortillas, y a alguna le voy a poner un mordisco como éste que he dejado yo aquí –y me muestra la tostada mordida.
Yo sé que esta vez no delira, porque cuando ella estaba bien, bromeaba con inteligencia.
- Es original.
- Por supuesto que sí, inaugurará un nuevo tipo de bodegón: el bodegón pastillero... –y se ríe, antes de cogerlas y tragarlas mientras bebe del vaso de zumo.
Comprendo que no quiero romper una felicidad tan efímera como la suya con preguntas y respuestas que no cambiaran nada.

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domingo, mayo 25, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (10)

Esta tarde he ido a la que pronto será mi casa. Frente a sus tumbas, cuando creía estar solo, alguien me ha hablado:

-¿Tus padres?

Al volver la cabeza la he encontrado mirándolas. Me ha parecido ver en su expresión concentrada una máscara con la que protegerse de la que habría de ser mi primera mirada.

Esa cara, yo la he visto antes...

- No, mis hermanos.

Ha forzado una expresión de condolencia absurda por lo tardía y por provenir de alguien que debería ser un extraño. He vuelto a mirar sus nombres en letras de oro, abstraído, ignorándola. De todas formas, esa cara...

-¿Hace mucho?

Mi desconfianza inicial se ha reforzado al insistir él en una conversación que yo no deseo continuar. Se ha situado a apenas un paso mío, demasiado cerca. Siento que me invade su perfume, un olor antiguo.

- No.

He recuperado entonces otra vez la misma sensación que tuve hace años, el día que enterramos a Carlos. Esta mujer que parece joven no puede serlo, y el recuerdo de que ya la había visto antes, no me permite olvidarla, porque sé que ella, también ella, tiene las respuestas a todas mis preguntas. Antes de que me decida a hacérselas, ella parece comprenderlo. Se ha vuelto, y morosamente se aleja parándose de cuando en cuando ante alguna de las inscripciones, hasta desaparecer entre los caminos de cipreses.

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viernes, mayo 23, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (9)

He llegado a casa demasiado tarde, y la he encontrado en su dormitorio, con la frase rondando hace tiempo sus labios, tanto que al oírla se me ha aparecido como uno de esos caramelos que se reblandecen en la boca, y que si antes de tragarlos definitivamente uno quiere observarlos, con cierta prevención e inevitable asco, encuentra bajo la forma de una masa amorfa, nada parecido a lo que estaba escondido al principio tras el papel brillante; seguro que la primera vez que le asaltó la duda no se parecía en nada a todo el reproche que ahora encierra su pregunta:

- ¿Dónde has estado, Pablo?

He querido sentirme descubierto. No he sabido no mirar a sus ojos, y me he sentido adivinado en medio de la transacción que ella querrá ver abominable y vergonzosa, y he recordado sus manos hermosas y las cicatrices que la cirugía tiene escondidas bajo su piel.

- Por ahí, dando una vuelta.

Ella se ha incorporado, con medio cuerpo sobre el caos de sábanas desechas por tantas horas sin levantarse, ha levantado la barbilla y ha aguzado la vista. Tono autoritario:

- Juan Pablo, tú a mí no me engañas. ¿Dónde has estado?

Ahora me llama por mi nombre completo, el signo de que su enfado se encuentra en su apogeo. Hace mucho que no se levanta. Se sabe postrada, destrozada por los medicamentos, pero intenta ejercer toda la autoridad que puede desde su cama, y como ve que esta vez no basta, cambia de registro. Tono maternal:

- ¿No habrás estado haciendo algo de lo tengas que arrepentirte?

- No, mamá, no. ¿Ya cenaste?

Se deja resbalar por la sábana hasta acostarse de nuevo, y hablará a media voz, quizás llegue a derramar alguna lágrima; me conozco todos sus registros. Creo que incluso tendré tiempo, en tan pocos días como me quedan, de llegar a odiarte, mamá querida.

Habla ahora con el silencio de la ofendida. Me acerco a darle el beso de las buenas noches porque sé que enfadada nunca come. Ella no aparta el rostro, pero tampoco responde. Inmutable, a un centímetro de su cara, veo que una lágrima resbala por su mejilla.

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jueves, mayo 22, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (8)

Mi sexualidad y la belleza. No moriré sin conocerlos juntos, por eso he acabado comprándola, porque no puedo esperar ni conformarme con lo mejor que una noche me ofrezca. Cuando no hay años por delante, ¿qué importa que él no me desee? ¿qué importa sino que yo lo considere hermoso y deseable? No puedo esperara a amar al extraño que me habla, pero lo deseo y lo admiro cuando me habla con profesionalidad exquisita. Tienes el amor escondido entre las piernas, me dice. Tienes el amor escondido entre las piernas, y su dedo índice ha dibujado sobre mi torso un itinerario lento, descendente; está sentado sobre la cama de un hotel caro en esta tarde de mi último otoño, yo tumbado, desnudo frente a su cuerpo vestido con una elegancia hostil y refinada, demodé, tanto que no es criticable; he forzado mi cuerpo hasta volcar en él el amor que llevo dentro, y la rabia, la impotencia. Lo encontraré en ese cuerpo que emana satisfacción, seguridad, donde quiera que se esconda, haré que se evapore; ahora su itinerario sube hasta dejar sus labios cosidos a mi oído; se ha acercado a mí, pero su proximidad no consigue liberarme de la losa de mis pensamientos, no hace que se evaporen, y no podrá hacer nada por volver a perderlos; su juventud, comprada no sé dónde, hiere, y a pesar de lo cerca que tengo su cuello no encuentro las marcas de las operaciones, deben estar ahí, certidumbre de su verdadera belleza.

- ¿Cómo eran? - le pregunto.

- ¿Quiénes? - murmura, sin dejar que sus labios abandonen mi cuerpo.

- Ellos dos, mis hermanos – y el aliento, su aliento, se hace lento, bocanadas de su aire viciado - ¿también con ellos? – y sus labios cierran mis párpados.

- Eres un joven hermoso.

- Tú ninguna de las dos cosas – le miento y busco con mi mano una de las suyas, la coloco frente a mi boca y la beso - ellas te delatan

Intento ser cruel pero no lo consigo, no encuentro ni tan siquiera un gesto de contrariedad, parezco comportarme según todo lo que él ha establecido. Ninguna de mis frases, de mis actos, de mis besos, lograrán sorprenderlo, ése es la sensación que tengo, no pienso en huir, ¿para qué?, también eso lo tendría previsto. Temo que incluso estos mismos pensamientos obedezcan a ese plan que han trazado en mi vida.

Ha encontrado, efectivamente, el amor que escondía entre las piernas; ahora procede, con sus estudiados y artificiales mecanismos (podrían ser naturales, no sé distinguirlos sin saber lo que está pensando), a extirpármelo. Mi cabeza se ha resistido a su seducción, y aunque el resto del cuerpo le ha obedecido, me queda un gusto amargo.

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martes, mayo 20, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (7)

Esta noche la he pasado pesando en una balanza imaginaria: a un lado los pesos de las ventajas, y al otro el de los inconvenientes. Al final he encendido la luz y he cogido papel y bolígrafo. He dibujado una tabla, en la que, después de mucho escribir y tachar, cuando ya estaba amaneciendo, cuando empieza a ser la hora de llevar el desayuno a mamá, sólo he encontrado tres motivos para entristecerme y tres para alegrarme.

Para ponerme triste

Para alegrarme

Tiempo perdido

Perderé muchos buenos momentos

También los malos.

Saber cuándo

Qué angustia sentirlo acercarse, no poder hacer nada por evitarlo...

.. pero no dejaré de hacer todo lo importante antes de morir. La muerte, a mí, no me sorprenderá.

Dejar sola a mi madre

¿Quién la acompañará? ¿Más hijos?

La cuenta atrás para su tragedia habrá acabado.

El fiel de la balanza ha acabado en el punto de partida, como si su precisión fuese incapaz de distinguir cosas tan mínimas. He comprendido entonces que lo que me sucede tiene tantos pros como contras, que cualquier cosa, incluso la mayor tragedia imaginable, tiene un lado positivo. Si lo que a mí me ocurre fuera la norma general, si todos, cuando venimos al mundo, lo hiciéramos con la fecha de caducidad pública, sería normal, cuando buscaras trabajo no te preguntarían cuantos años tienes, sino cuántos te quedan, y en función a ello conseguirías unos puestos y otros no, y no sería ni más triste ni menos que no poder trabajar por no pasar un test psicotécnico o de inteligencia (en la edad adulta ya se nos ha estabilizado el carácter y la inteligencia), y cuando buscamos pareja mostraríamos menos interés por saber cuantos años tiene como cuántos puede compartir con nosotros, tener treinta y enamorarse de uno de cincuenta dejaría de ser un lastre (¿qué haré cuando muera?) sí sabemos que nuestras dos muertes coinciden, irse de vacaciones antes de morir, sí, quiero morir en las Bahamas, o cerca de mis hijos, la muerte dejaría de ser un visitante traicionero que no avisa, siempre daría tiempo a despedirse, a hacer lo que de veras queríamos hacer antes de dejar este mundo... He visto entonces, por primera vez, que la tragedia se difumina, que cuando se comparte con todos, todos hacen un esfuerzo mayor por comprenderla, por comprenderse, o por no querer verla, por cerrar los ojos, por evitarla, entra en la categoría de lo habitual, es decir, de lo que no merece reflexiones continuadas. Ahora ellos viven con otra tragedia a sus espaldas, la de no saber cuando acabarán sus vidas, pero se han acostumbrado... ¿y si todos lo supieran menos uno, sólo uno?. La desgracia no nace de que sepa cuando moriré. Nace de que soy el único que lo sabe.

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domingo, mayo 18, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (6)

Hoy me he dejado llevar por ella a la consulta del especialista. He fingido creer que tengo una enfermedad y que tiene cura. He fingido no saber que ambas cosas son falsas. He sumergido la vista en los colores y el texto de una revista de cotilleos, mientras siento el mismo olor a desinfectante, la naturalidad con que todo el personal de palacio se desenvuelve, pero creo sentir en el aire, flotando a mi alrededor, los microbios de los pacientes pugnando por contaminarme, y creo sentirlos huir de mí, cuando saben de una muerte más poderosa que la que llevan ellos, en estos veinticinco años como reina y como madre, y las piernas de mamá, su nerviosismo las cruzan y las descruzan, izquierda sobre derecha, derecha sobre izquierda, ¿qué ha sido más difícil para usted, Majestad, sus mismas palabras de ánimo.

- Torres Casero, puede pasar, dice la enfermera.

- Dicen que éste es buenísimo, verás cómo este médico sí que sabrá encontrar la clave, me dice; ocupar el trono o educar a sus hijos?, la misma manera de referirse a la enfermedad todavía sin manifestar, ambas cosas, como tantas mujeres que trabajan, es difícil ser reina, porque no queda el tiempo que una quisiera y no hay jubilación, tú tranquilo, él sabrá encontrar lo que te pasa; y la misma certeza de que es tiempo perdido; tengo un trabajo extra, que es el de ser esposa y madre; la misma espera de minutos, de horas, ella a mi lado, manos que se tejen y se destejen, de páginas que pasan a demasiada velocidad entre lujo y sonrisas.

- Fernández Cascos, puede pasar, dice la enfermera.

Todo parece una sinfonía perpetua: la gente que se levanta con el gesto de al fin; la atención de mamá que no logra concentrarse; la enfermera de falda y medias blancas con zuecos también blancos llenos de mil agujeros que al andar suenan a hueco, como si entera fuera de madera, como si sólo supiera decir dos apellidos al azar y un puede pasar al final, y en su mano la libretita llena de tachaduras, siempre de pie, de la consulta a la sala de espera, la gente le gritaba, Reina, Reina, sal a vernos o no nos iremos jamás, algún niño que llora, que juega, mientras veo el sobre enorme que contienen las mismas radiografías del interior de mi cuerpo, los mismos análisis. Hasta que al fin mi nombre suena contra mis oídos, y antes de haberlo terminado de pronunciar mamá ya camina, venga, Pablo, ¿qué esperas?, venga, cada cosa a su tiempo, mientras me arrebata la revista de las manos, y recuerdo la última frase, algún día tendremos un nieto, pero mientras la reina fuma, la enfermera que tacha mi nombre en su libreta pequeña, pero sigo viendo a la reina, que sonríe, abrazada a su perro, con su vestido amarillo de flores blancas, como su cinturón, como su bolso, como los pétalos de la flor que son sus pendientes, amarillos como su pamela, la reina fuma y sonríe; dentro de la consulta, el doctor me espera, apenas saluda, mira mis análisis, tal y como yo esperaba, todo perfecto, no tiene de qué preocuparse; tantas veces me lo han dicho, me ha sonado tantas veces mentira que esta vez me da por pensar: ¿y si fuera verdad?, ¿y usted, señora, se encuentra bien?, porque mamá, a mi lado, ha quedado con el rostro acartonado por el rastro de su belleza, como esos decorados de los teatros todavía hermosos tras la función, sujetos por cuerdas al suelo, a las paredes, que dejan sonar sus crujidos avisando de que están a punto de derrumbarse; se agarra a su bolso, parapeto tras el que se defiende: sí, perfectamente, y yo sé que mi desilusión –porque este médico tampoco encuentra nada, porque la ciencia no sabe lo que a mí me pasará, ni puede saberlo más que presentirlo como mi madre, como yo- a su lado no es nada, y luego, en el coche, ella conduce, yo a su lado, los tirantes se sueltan, el decorado se derrumba dejando escuchar un llanto leve, sin lágrimas, seco, su mano enciende el radiocasette, corazón tendido al sol, ella deja que hablen sus pensamientos, Nico nunca fue al médico, sólo quiero sentir tu peso, Carlos tampoco, no quería, decía que eso traía mala suerte, pero a ti no te importa, ¿verdad?, a ti no te importa, no hay que hacerle caso, iremos a otro, ¿verdad que iremos a otro?, y esa frase que ha dicho tantas veces suena esta vez a falsa, casi como si quisiese que yo me negase, que al fin me opusiese, que acabara con la pantomima; quizás desea que sea yo quien diga en voz alta sus peores pensamientos, quizás quiere saberse acompañada.

- Sí, mamá, no te preocupes, claro que iremos a otros.

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sábado, mayo 17, 2008
  ¡Feliz cumpleaños! (5)

Esta mañana no ha querido ningún mueble chocar contra mis rodillas, ni el suelo ha querido crujir bajo mi peso, ni nadie la ha avisado que yo iba a vigilar sus sueños; así he podido llegar hasta ella sin despertarla y sentarme en la alfombra que hay a sus pies; la he visto dormir apaciblemente en la penumbra porque un rayo de luz, colado entre los pliegues de la cortina azul que cubre su ventana, estaba coqueteando con su cara.

Es una paz producto de las pastillas y los tranquilizantes; no es su verdadero estado de ánimo, pero es preferible a verla no dormir por las noches, a sentirla acudir a mi dormitorio y despertarme con su mano acariciando mi pelo, diciendo los nombres de sus tres hijos sin ningún orden, viéndonos a todos en uno y no viendo a ninguno, a escucharla pasear sus noches de insomnio en el arrastrar de sus zapatillas de felpa por los pasillos del piso, a sentirla medio día rezando y el otro medio renegando de su fe.

Un grito desde la calle la ha despertado. Ha abierto los ojos y se ha quedado mirando fijamente la lámpara que hay sobre su cama. Así ha estado unos minutos, en una inmovilidad sólo rota por su mano tamborileando sordamente sobre el edredón, tanto que he llegado a pensar que seguía soñando con los ojos abiertos o que no ha advertido que la observaba:

- Alguna vez pensaste lo afilado que es ese pico – y ha señalado con sus ojos la daga en que acaba la pesada araña de plata y cristal que sobrevuela su cama.

Ha querido engañarme, y ha dejado que piense que estaba presenciando cómo dormía, pero se ha aburrido del juego, de verme disfrutar quizás, o ha querido demostrarme que si quisiera pudiera haber seguido haciéndolo. ¿Por qué no lo has hecho? Me he levantado, diciéndole que no. Sólo cuesta mentir la primera vez.

- No te puedes imaginar la de veces que me gustaría que se hubiese soltado del techo – y se ha dejado resbalar unos centímetros más bajo las sábanas, justo hasta situar sus ojos a la altura de la manta, justo con su vientre en la vertical imaginaria que dibuja el pincho plateado; ahora escucho su voz velada por el peso de las sábanas y de las mantas -, no te puedes imaginar cuántas veces...

- Te traeré el desayuno, mamá, tienes que tomar tus pastillas.

- ... sobre todo si hubiese sido la noche en que tu padre y yo concebimos a Nico. Ese fue el momento, entonces debió haberse desplomado. Hubiera sido una muerte hermosa, ¿no crees, hijo mío?- y ha dejado de observar el pincho de plata para mirarme con serenidad, buscando complicidad, o quizás entendimiento, o quizás burlándose de mí, no lo sé.

- No hay muertes hermosas, mamá, deliras.

- Por supuesto que sí –y ha vuelto a asomar su rostro por entre las sábanas con una sonrisa que me resulta incomprensible.- Corre, anda, corre a por las pastillas.

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Sobre los despojos de lo cotidiano...

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